domingo, 16 de agosto de 2015

NOSTALGIA DE LUNA


    Vivo con mi esposo y mi hijo en esta bella ciudad de la cerámica y de Fernando de Rojas autor de “La Celestina” hace veintiséis años.
Me encuentro deprimida, el pasado año falleció mi madre, el ser más querido para mí y por el que mas sufrí. Ella compartió momentos felices a nuestro lado y en esta ciudad mientras disfrutó de plena salud mental y física, vivió sus noventa y cuatro años intensamente. Si desde el cielo me miras mamá, te dedico mi historia.
Me llamo Carmen tengo cincuenta y nueve años, es domingo, la mañana luce con un sol esplendido, abro el armario y me equipo de abrigo y bufanda, bajo los tres pisos que me separan del exterior, deambulo por las estrechas calles de la ciudad con dificultad debido a mi pequeña minusvalía, pero no me importa tengo fuerza de voluntad, mis pasos me llevan hasta la plaza del Reloj. Arcos de San Pedro paso junto al teatro Victoria con su hermosa fachada a la que observo detenidamente. Las calles están desiertas los domingos por la mañana cruzo la plaza del Pan no sin pararme de nuevo a contemplar la hermosa arquitectura de la “Colegial” donde en su torre, las cigüeñas tienen instalado su hogar. La madre trae en su pico provisiones para su prole o para reparar su nido. Sigo caminando hacia la rivera del río Tajo, me siento en uno de sus bancos y me miro en sus aguas … quiero evadirme del presente, saco un folio y un bolígrafo de mi bolso y mis recuerdos afloran como un mar embravecido. Recuerdo mi mar Mediterráneo y la ciudad que me vio nacer donde transcurrieron los años mas felices de mi infancia y adolescencia.
Mi ciudad es Melilla, una ciudad con encanto la antigua ciudadela domina la parte moderna donde en varios edificios de su avenida, conservan en sus fachadas la hermosa arquitectura del discípulo de Gaudí. Tiene dos hermosos parques y uno de ellos con infinidad de palmeras con surtidores de agua y bellas mezquitas.
No vivía yo en el esplendor de esa avenida sino en el barrio del Real. Mi amiga de la infancia era Violeta y quiero que mi historia sea relatada a través de ella, de sus ojos y de su gran sentido de la observación.
Aquella tarde me encontraba yo, Violeta, tumbada en el fresco césped de mi jardín y Carmen invadió mi relax a la hora de la siesta. Mi casa la rodeaba un jardín sus paredes de piedra eran un refugio maravilloso en los meses de estío donde carmen y yo jugábamos a construir muñecas de trapo. Yo me encargaba de al anatomía ella del vestuario de tan diminuto ser, compartíamos también nuestros juegos con niñas musulmanas, convivíamos felizmente cinco culturas en mi ciudad.
Mi amiga Carmen era una niña de cabello rubio oscuro ondulado y faz redonda, donde un flequillo revuelto, le daba al rostro la alegría suficiente para que sus ojos brillaran con más intensidad.
-¡Hola Violeta! ¿Te vienes a jugar al ziriguizo? Pero en la casa de la esquina de “la maera”.
-¿Por qué no en la puerta de tu casa?
-Imposible, mamá está regañando a mi hermano José y cuando la veo con la zapatilla en alto, creo que algún sopapo vendrá a mí, mamá no sabe que la que ha hecho el agujero al hermoso tomate que tenía para la ensalada, no ha sido ni mi hermana pequeña Pepi ni José, he sido yo y prefiero escapar y jugar al ziriguizo.
Dibujaba en la acera unos grandes cuadrados con sus números correspondientes, que teníamos que ir saltando sin pisar las líneas y con un solo pie, íbamos empujando un trozo de adoquín roto de la pedregosa calle, hasta completar los diez números de los cuadrados.
Mi amiga tenía tres hermanos mas, Francisco el mayor, un niño rubio de ojos azules y de frágil salud, pero de una gran habilidad hacia las bellas artes, dominando sobre todo el dibujo lineal, que con lápiz de carboncillo, dibujaba en el papel y que un día comprando folios en una papelería de la avenida, un entendido en la materia admiró sus dibujos y le regaló todo el material. José era más extrovertido y destacaba en las matemáticas y en su capacidad de improvisación. Carmen ya describo como es y Pepi solo tiene tres años y solo sabe llorar.
Los padres eran una pareja extraordinaria, el trabajaba en su taller de reparación de calzado. Todos los días a las cinco en punto dejaba todo el trabajo en manos de su aprendiz, atravesaba la amplia calle llena de arboledas, donde las modistas sentadas al agradable sol del otoño, lo veían pasar y comentaban :
“Ya va el señor Enrique a tomarse su café con leche”.
Era un hombre de expresión amable y sonrisa fácil y gran corazón, nunca lo vi enfadarse, un día rompió un frutero de cristal por no dar un azote a su hija, fue la única vez que presencie un acto de pequeña cólera en él.
Ángeles la madre, era un mujer muy temperamental, de gran generosidad, limpia y hacendosa, que hacía digna la vivienda de tan poco espacio, que consistía en un comedor y un dormitorio y un patio interior provisto de parra y un pozo de agua. El patio tenían que compartirlo con la dueña que vivía en Málaga y que rara vez venía. La cocina, era de tamaño muy reducido, Ángeles tenía en la pared, pegado con chinchetas, un papel de color que de extremo a extremo del mismo, sujetaba una fina cuerda donde quedaban prendidas por el mango todas las tapaderas y que a mi me parecía algo mágico. El agua del pozo era de una frescura inigualable y Ángeles sacaba en verano el agua e introducía la fruta en ella.
-Carmen, ¿tiene tu madre la sandía en el cubo de agua?
-Si que la tiene, pero ahora no podemos ir, está enfadada porque José se ha prestado voluntario a ayudar a los feriantes y se ha puesto de grasa hasta el pelo y anda mamá frotándolo con el jabón “lagarto”.
Ángeles pasó su infancia y juventud sin carencias económicas.
Su padre, un fabricante de turrón, procedente de la región murciana, prosperó en su negocio y mi amiga oyó comentarios a su madre que tenían en sus tiempos, un baúl lleno de monedas, esto lo contaba Carmen con unos desmesurados ojos de asombro. Ángeles tenía tres hermanos más y tres hermanas. Todos trabajaban con ahínco, ayudando al padre en las faenas. Posteriormente se quedaron con un bar dentro de un cuartel y su abuela y una chica empleada no daban abasto a cocinar huevos con pimientos para la tropa .
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En la posguerra su mamá y tía volvían a casa con un taxi lleno de ajuar, era la dote que llevaban las mujeres al matrimonio.
Compraron un piso de dos plantas en el centro del barrio y la casa donde habitaban constaba de varios dormitorios y salón, menos baño, que en esos tiempos solo lo tenían los burgueses.
Al casarse, enamorada por supuesto, con Enrique, Ángeles tuvo que hacer milagros económicos. Enrique era un gran artesano del calzado pero en la posguerra, tuvo que dedicarse sólo a la reparación, y a poner tapillas a los zapatos de tacón del modelo Luís XV.
Yo no carecía de nada, tenía casa con jardín, criada, mi padre era capitán del ejército e iban a divertirse con sus amigos al casino militar, naturalmente yo me quedaba con mi chacha Leo sin embargo, Carmen tenía de sobra lo que a mi me faltaba por parte de mis progenitores, cariño, y vi en casa de mi amiga lo que yo tanto anhelaba.
Mi primera noche de luna, que recuerdo con nostalgia, fue cuando Carmen y yo jugábamos a la rueda con los niños de la calle, esa noche me pareció que su luz brillaba con más intensidad y le dije a mi amiga:
Carmen, tu madre ha sacado la mecedora a la calle, ¿Qué te parece si vamos a que nos meza un poco?
Era el mes de agosto, y todos los vecinos salían agobiados por el sofocante calor, a la
Poca brisa que venia del cercano mar.
-Mamá mésenos en la butaca.
Ángeles nos cogía en su regazo , nos arrullaba junto a su pecho y nos cantaba…
En la feria de Sevilla
Y en Sevilla había una casa
Y en la casa una chiquilla
Que a la rosa envidia daba
Pues parecía una reina
Asomada a su ventana,
! Ay corazón que bonita es mi novia!
! Ay corazón al mirarla tan guapa !
! Ay ay ay ay no te mires en el rió!
!Ay ya ya yay, niña de mi corazón!
Matarile rile rile ron.
Esto lo acompañaba mamá Ángeles, con frenéticos movimientos para adelante y para detrás con la mecedora, que nosotros correspondíamos con carcajadas.
Mi mamá Sofía y Ángeles, fueron a matricularnos al colegio, ya teníamos seis años. Nuestro colegio se llamaba “ el paso a nivel”, título que le venia que ni pintado, ya que a escasos metros , bajaba la barrera el encargado de la estación porque pasaba el tren cargado de mineral con destino al puerto. En esos momentos , toda la circulación quedaba a expensas , de que el bigotudo señor Isaías subiera la barrera de nuevo, y el tránsito volviera a su actividad normal.
Nuestra maestra se llamaba doña Dolores una mujer cercana ya a la jubilación , era morena y regordeta , que ponía gran empeño en la enseñanza de sus alumnas .
Nos iniciamos en la lectura en el libro “del nene” torpemente al comienzo, pero con paciencia doña Dolores, conseguía sus anhelos.
Cuando llegaba la hora del recreo nuestras maestras salían al patio donde en un extremo había una hermosa palmera y protegidas bajo su sombra, ellas se sentaban cruzaban sus pierna, y se tomaban su aromático té
Estábamos todas afanadas en nuestros juegos cuando fuimos reclamadas para decirnos, :
-!niñas venid aquí,! Decirles a vuestros padres, que a partir de mañana, se os va a dar un aporte alimenticio que consiste en un vaso de leche y mantequilla, traeros mañana el bollito de pan.
A partir de ese día, nos poníamos en fila, para recibir nuestro aporte alimenticio.
Mientras ellas degustaban su té, nos ponían a leer bajo el tibio sol de otoño, Carmen en esa materia progresaba muy bien, no tanto en las matemáticas que copiaba de mi,!Carmen no copies! Le decía doña Dolores con el ceño fruncido.
También leíamos muchos tebeos los alquilábamos en un quiosco por tres céntimos, llevábamos los ya leídos, y traíamos otros nuevos , Carpanta, la familia Ulises, zipi y zape, doña Gilda, y para los hermanos de Carmen El guerrero del Antifaz y otros. A veces, llegábamos muy sucias del colegio nuestro patio del recreo, era todo de tierra , donde Saltando a la comba nos caíamos y sobretodo, cuando llovía, pero eso no era problema para Ángeles. Lavaba a sus hijos en un gran barreño de cinc , la pequeña Pepi, sentía fobia que su madre le lavase la cabeza mirando hacia abajo y gritaba llorando.
-!Mirando para la parra! , por favor mamá mirando para la parra!.
Ángeles con gran paciencia , pero roja como una granada, ponía a la niña en su regazo boca arriba y al otro extremo el barreño sujeto con una silla, y así lograba su objetivo .
Los domingos cuando íbamos a por los churros del desayuno, era un problema cuando Ángeles mandaba a Pepi, tenia problemas de dicción y en vez de churros, decía “chudo” y los chiquillos de la calle se reían de ella y no quería ir .
-Violeta, dice mi abuela que mi hermana Pepi tiene un frenillo, y que por eso pronuncia así.
También los domingos nos reuníamos cuando amanecía lluvioso, mamá Ángeles nos contaba cuentos, a mi me encantaban los de la cabrita y el lobo, y a Carmen, los de la Cenicienta.
Pepote, un vecino que trabajaba en automovilismo, traía a aparcar un gran autobús color caqui, propio del ejército en la misma calle de Carmen junto a su vivienda ,. Era la hora mas sofocante de calor, la calle estaba desierta todos los vecinos dormían el placentero sueño de la siesta, a Carmen le impresionaban las ruedas enormes del autobús y sobretodo, un pequeño apéndice que sobresalía de ella, curiosamente mi amiga, empezó a hurgar en dicho apéndice y le encantó el siseo que producía su dedito al levantar su pequeño cierre, finalmente observamos, que el siseo seguía y que la rueda empezaba a perder aire cada vez mas deprisa, hasta que el enorme bus cayó desmallado, lo cual nos hizo correr a escondernos tras los árboles de eucaliptos de la cercana alameda huyendo de la ira del señor Pepote.
Anexo a la vivienda de Carmen, vivía Agustín con su abuela, sus padres murieron durante la guerra civil y carecían prácticamente de todo lo necesario, su abuela le decía a mamá Ángeles, -Vecina, hoy me he levantado como la espina de
Santa Lucía. Aun hoy, no le doy sentido al significado de esas palabras Ángeles si lo sabía, y aunque ella no andaba sobrada de recursos económicos, apartaba del almuerzo de mediodía, un plato para su vecina y el nieto,
A veces Ángeles, se quedaba sin recursos su anciana vecina, tenía gatos que andaban por los tejados y saltaban al patio y se comían el pescado que tenían para el almuerzo. A causa de los felinos, llevaba muchos sobresaltos, parece que buscaban los mejores sitios de la casa para reposar, y una vez, “calcetines”, que así se llamaba la gata por ser blanca y sus patas negras, parió sus gatitos, en la cama del dormitorio de la casa de mi amiga, Ángeles, se puso histérica y le dijo a su vecina.
-¿Cómo tiene usted tantos gatos, si no tiene usted ni para comer ?, la vecina le respondía, -! Ay vecina, mi nieto se muere de pena si me desprendo de ellos!.
Agustín se las ingeniaba para ganarse unos reales, se transformaba con la ropa de su abuela y con una gran caracola de mar, improvisaba un altavoz y llamaba a la chiquillería de la calle que acudiesen a tan inusitado espectáculo.
-! Vamos niños, que empieza el espectáculo!.
Se ponía en el umbral de su casa, para recoger los céntimos que iban a parar al cestillo. Dejaba la habitación en penumbras, su subía en la cama, y con la toquilla de su abuela, improvisaba unas grandes alas y hacía de vampiro. Compraba, caramelos de fresas y regaliz, los introducía en un frasco pequeño de cristal con agua, extendía un pequeño mantel y vendía sus refrescos . También hacía la labor de director artístico, nos hacía de poner en fila, y nos hacía de cantar una a una, con la gran caracola de mar. Estaba de moda Antonio Molina, hizo de cantar a Carmen, “ adiós lucerito mío” imitando a dicho cantante y que a través de la caracola, su voz sonaba distorsionada, y las risas, no se hacían de esperar .
Otra familia que habitaba en la calle eran los Aguados, Tenían una hija, Mari Loli, que vendía frutas en el mercado del barrio, hacían bracero de carbón para calentarse en invierno, y junto a el pasaban largas horas de tertulias sus padres, y los vecinos del patio. A veces, nuestros juegos lo compartíamos en casa de Mari Loli, la pelota de Carmen fue a rodar hasta debajo de la cama de los Aguados, y nos quedamos sorprendidas de que al agacharnos saliera cubierta de una capa que a nosotras nos pareció lana. Al llegar a su casa, Carmen preguntó a Ángeles.
-Mamá ¿Por qué Mari Loli tiene lana debajo de la cama y tu no? -Para eso trabajo hija para que esa clase de lana no la tengamos debajo de la cama.
-Pero he puesto a olfatear mi nariz en la cama y huele raro mamá.
-Bueno, lo que tienes que hacer, es poner la nariz solo en la tuya.
Mis amigas compartían el mismo dormitorio que sus progenitores Francisco y José, dormían en el comedor .En los días de invierno, Carmen y Pepi, saltaban a la cama con su padre, Ángeles madrugaba mas para preparar la lumbre para el desayuno.
-Papá, cuéntanos un cuento.
Enrique abrazaba a sus hijas , y les contaba un cuento de un avión que aterrizaba, en “Moyina” y la imaginación de mis amigas volaban hacia ese lugar encantado.
Los primeros reyes que recuerda Carmen , fueron cuando su papá le trajo a su cama una cajita redonda con decorados multicolor que su contenido era una tortita de mazapán, y a Pepi, un pequeño muñeco de escayola.
Yo compartía mis regalos de reyes con Carmen, era una pequeña cocina de cemento que con unas pequeñas ascuas de la cocina de Ángeles, encendíamos el diminuto fuego y con una pequeña sartén, cocinábamos pequeños trozos de patatas, íbamos al cercano mercado, comprábamos unos céntimos de anchoas que el señor Mustafá vendía en un gran tonel de madera enterradas en sal, la desalábamos y las aliñábamos con aceite en nuestros diminutos platos,.Siempre nos observaba nuestra vecina Famma, a trabes de la puerta levemente entornada, le dábamos a degustar de nuestro arte culinario, pero curiosamente, a veces nos encontrábamos que nos cerraba la puerta cosa que nos sorprendía y le preguntábamos con extrañeza .-Famma ¿Por qué nos cierras las puertas tan a menudo ? -Cuando pase un barón musulmán repetiré el mismo gesto, nuestras costumbres nos prohíben mostrar el rostro a ningún barón que no sea Hadmed, mi marido.
Cuando murió Eulalio un militar retirado, acudió una gran multitud de gente del barrio. El coche fúnebre era, una gran carroza negra, tirada por cuatro caballos negros adornados con penachos del mismo color, la carroza iba toda cubierta de cristales para ver mejor el ataúd , Carmen, Pepi, y yo, estábamos viendo de pasar el cortejo fúnebre que iba precedido de la multitud, entre ellos iba también el padre de mis amigas, el silencio era absoluto solo roto por la voz de la pequeña Pepi que dijo.
-! Mira Carmen, papá va vestido con el traje de tío Pepe!
Tío Pepe, habitaba con la abuela de Carmen, en la casa comprada en los tiempos de resurgir económico de la familia. Pepe, empleado de una almacén de vinos y aceites de la ciudad, aportaba todo el sueldo para el gasto doméstico y para su madre . Los ahorros del abuelo fallecido iban llegando a su fin y se carecía de protección social a las viudas .La casa construida en el monte, constaba de una entrada con suelo de baldosas multicolores, en las paredes, dos grandes cuadros de la Venecia inundada con sus típicos gondoleros, y en los ángulos de dicha estancia, dos perros dálmatas de escayola que parecían dar la bienvenida al visitante. A la izquierda estaba ubicado un dormitorio con una hermosa ventana de rejas que daba vista al exterior, precedía a la entrada, un hermoso comedor y a su izquierda, otro dormitorio, que daba paso al baño, pasabas del comedor a la hermosa cocina que constaba además del hermoso fogón de carbón, un aljibe para recoger las aguas de lluvias. .Carmen la llamaba, la casa grande, poseía también una hermosa azotea llenas de macetas de claveles y desde la azotea se divisaba el hermoso mar. Era un sitio perfecto para nuestros juegos, y a Pepi, le costaba un llanto cuando retornábamos a casa. Por el camino pasábamos junto al cuartel de regulares y de intendencia donde había un estanque de patos y nos encantaba echarles migas de pan.
Otras veces, los viajes a la casa grande lo hacían Carmen y José seis años mayor que mi amiga atravesando las vías del tren , iban saltando los raíles uno por uno, y a Carmen le ocurrió lo de siempre …
-José quiero hacer “caca” .
-Venga, ponte debajo de aquellas rocas .
-¿Y ahora como me limpio?.
Cogió una piedra y se la dio a mi amiga para que cumpliera su cometido.
José era de recursos rápidos, ideó para nuestros juegos, un cajón de madera adquirido del comerciante de la calle y que procedían de los botes de leche condensada. Para su rodaje inventó dos gruesas barras de maderas, y a sus extremos, introdujo dos ruedas de hierro que desconozco su procedencia.Carmen subía al artilugio su hermano la impulsaba hacia delante con fuerza y el juguete salía disparado mientras los rizos de Carmen volaban al aire, como si la chiquilla quisiera elevarse. No contábamos con los vecinos y nuestro juego acabó rápido, cuando Blanca la vecina del otro extremo de la calle, llamó a casa de Ángeles y le dijo: -Sus hijos, están molestando con ese juguete inventado por José, si usted no pone remedio ya sabré yo ponerlo. Ángeles no aceptaba bajo ningún concepto, que la llamaran la atención en lo relativo a sus hijos, cogió las ruedas de hierro y las tiró al pozo para desconsuelo de los niños.
Enrique para contentar a Carmen de su gran pérdida, al día siguiente la despertó a las siete de la mañana de un día primaveral, y le dijo.
-!Carmen vamos al puerto!
Para ella era la mejor noticia, iban caminando su papá y ella , el aire fresco de la mañana traía el perfume del cercano mar, de la hierbabuena que los vendedores del mercado, traían en sus cestos de mimbre .Su padre la llevaba a ver como los barcos traían las redes repletas de pesca. Subían al gran mirador frente al mar, donde en el horizonte vislumbraban el mástil del barco.
-!Mira hija ya se ve mejor! ¿Ves en la cubierta a los tíos?. Seguían caminando, siguiendo con la mirada la silueta del gigante blanco con sus grandes chimeneas lo observaban girar alrededor del faro, hasta que la pequeña canoa a cargo del galafate recogía el grueso cabo, y el Ferry quedaba atracado en el puerto. La algarabía de las familias que se encontraban allí, los abrazos, las muestras de amor que se prodigaban los enamorados, el desayuno con churros en el mismo puerto, era un bar que sus puertas ornamentadas, formaban arcos, las muestras de cariño de los recién llegados, que exclamaban con entusiasmo lo crecida que estaba mi amiga, la apertura de las maletas al llegar a casa, la llenaban de una inquietud y alegría desbordantes, sobretodo el anhelado regalo que la familia traía.
Para Carmen, un muñeco de color que abría y cerraba los ojos. A Francisco, lápices para sus dibujos. A José grandes pliegos de papel multicolor, y a Pepi un muñeco llorón.
Construyó José una gran cometa, nos fuimos a la calle Mar chica, donde sobrepasando la altura de los árboles de eucaliptos sobresalía bajo los rayos del sol volando la cometa multicolor.

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